Enrique de la Rica

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Gibraltar y la guerra de la oreja de Howard

El antiguo líder del Partido Conservador británico Michael Howard ha declarado a Sky News que está convencido de que Theresa May actuará en relación a Gibraltar como su predecesora Margaret Thatcher lo hizo hace exactamente 35 años con las islas Malvinas. “Hace 35 años otra primera ministra hizo cruzar medio mundo a una fuera militar para defender la libertad de otro pequeño grupo de británicos contra un país hispanohablante. Estoy absolutamente seguro de que nuestra primera ministra actual exhibirá el mismo aplomo a la hora de defender a nuestra gente en Gibraltar”.

El anciano Howard se acuerda a la perfección de lo sucedido hace 35 años. Por eso voy a recordarle otro momentazo histórico, éste acaecido en 1741 cuando la envidia que siempre han tenido hacia los españoles tras el descubrimiento de América y su avaricia llevó a la pérfida Albión a congregar la mayor flota de guerra que jamás surcara los mares hasta el desembarco de Normandía.

Gibraltar y la guerra de la oreja de Howard

Los ingleses podrían estar satisfechos con la firma del Tratado de Utrecht, pero su enfermiza obsesión con los españoles les llevaría a declarar una nueva guerra y en este caso la escusa sería una oreja. ¿Una oreja como casus belli? ¿Y por qué no? Cuando uno es inglés y quiere declarar la guerra, cualquier cosa vale. Que se lo pregunten a Michael Howard.

España había salido perjudicada de la guerra de Sucesión, pero mantuvo el monopolio comercial con América. Gran Bretaña trataba por todos los medios, legales e ilegales hacerse con un trozo del pastel español. Sabiendo que España no iba a prorrogar la concesión por 30 años del Navío de Permiso, los británicos, sobre todo la clase dirigente y mercantil, veían con buenos ojos y hasta alentaban una guerra para desposeer a España por la fuerza lo que no habían conseguido con la diplomacia.

El Navío de Permiso era un buque mercante británico capaz de transportar 500 toneladas de mercancías que tenía permiso para venderlas cada vez que se realizaba la feria de comercio con las Flotas de Nueva España y los Galeones de Tierra Firme. Los beneficios eran tan suculentos que los británicos se las ingeniaron para multiplicar milagrosamente sus ganancias. Cuando a los navíos británicos se les agotaban las mercancías, éstas eran repuestas por la noche desde pequeñas embarcaciones que las trasladaban desde naves negreras británicas que entraban en puerto español bajo el pretexto de avería o riesgo de naufragio. Estos buques mercantes británicos fueron conocidos como “barco de las Donaires”, pues al contrario que el mito, no se vaciaban jamás. Británicos contrabandistas perjudicando las arcas de la hacienda española no es exclusivo de nuestros tiempos Sir Howard.

Los españoles tenían derecho de visita a los buques mercantes británicos y confiscaban las mercancías fuera de registro (es decir, sin declarar y por tanto ilegales). La siempre tensa cuerda entre británicos y españoles estaba a punto de reventar. Pero en enero de 1739 las aguas parecían regresar de nuevo a su cauce. Ambos gobiernos negociaban la Convención de El Pardo, un acuerdo donde se resolvía la cuestión de las presas hechas por los guardacostas españoles estando éstos incluso dispuestos a pagar indemnizaciones por la captura de buques contrabandistas. Pero cuando el ministro Walpole presentó el convenio al parlamento para ratificarlo, la Cámara de los Comunes lo rechazó. La avaricia de los británicos les llevó a acuñar la frase “¡el mar de las Indias, libre para Inglaterra o la guerra!”.

La mañana del 8 de marzo de 1739 Walpole presentaba el Convenio de El Pardo para pedir su ratificación y en los momentos de mayor acaloramiento, uno de los partidarios de la guerra dijo que presentaría pruebas de la barbarie española. Entonces entró en la sala un capitán escocés llamado Jenkins con una caja en las manos. En ella estaba su oreja cortada, relató lo que le había sucedido y la indignación y gritos contra España y a favor de la guerra fue imparable. ¿Quien era Jenkins, y que le había ocurrido?.

El capitán escocés Robert Jenkins mandaba una fragata mercante británica llamada Rebeca (una manera elegante de presentar a uno de los muchos piratas británicos que actuaban sin tapujos a lo largo y ancho de las posesiones españolas en el Caribe). Navegando por la Florida es detenido por el guardacostas español la Isabela, al mando del capitán Julio León Fandiño, que tenía la obligación de comprobar si las mercancías que llevaban estaban registradas en los libros. La Rebeca llevaba productos para comerciar con los permisos en regla, pero en el registro de la bodega se encontró gran cantidad de mercancía fuera del registro (de contrabando). El amigo Jenkins era un viejo conocido de los guardacostas españoles y como escarmiento Fandiño cortó su oreja. Ante las protestas del honorable capitán británico Fandiño le replicó. “Vuelve a Inglaterra y dile a tu Rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve”. Si Fandiño pronunció o no esta frase es lo de menos; lo cierto es que en la Cámara de los Comunes se tomó como una afrenta a su Rey y era merecedora de una declaración de guerra.

Una oreja en una caja se convertiría en escusa para arrebatar a España sus posesiones al otro lado del Atlántico tomando Cartagena de Indias, "la llave de América". Los ingleses declararon la guerra a España. Pusieron a disposición del almirante sir Edward Vernon una flota descomunal de 186 buques con una tripulación de 15.000 hombres que podía desplegar en tierra, 9.000 soldados regulares, una potente artillería de asedio, 4.000 milicianos del contingente norteamericano al mando de Lawrence Washington (hermano del futuro libertador estadounidense) y 2.000 negros macheteros de Jamaica: un total de más de 30.000 hombres y 2.600 piezas de artillería.

Frente a esa fuerza colosal las defensas de Cartagena no pasaban de 2.800 hombres, 600 indios flecheros, más la marinería y tropa de infantería de marina de los seis navíos de guerra de los que disponía la ciudad: el Galicia (que era la nave Capitana), el San Felipe, el San Carlos, el África, el Dragón y el Conquistador. La proporción entre los españoles y los ingleses era de 1 español por cada 10 ingleses, alentador para cualquier hispano. Pero al frente de tan reducida tropa se encontraba un marino de Pasajes, cojo, tuerto y manco pero con un par de pelotas y una excelente capacidad estratega que supo interpretar a la perfección las características del escenario de la batalla.

La entrada por mar a Cartagena de Indias sólo se podía llevar a cabo mediante dos estrechos accesos conocidos cono "bocacha" y "bocagrande". El primero, estaba defendido por dos fuertes (el de San Luis y el de San José) y el segundo por cuatro fuertes y un castillo (el de San Sebastián, el de Santa Cruz, el del Manzanillo, el de Santiago -el más alejado- y el castillo de San Felipe).  Lezo se preparó para la defensa, situó varios de sus buques en las dos entradas a las bahías y dio órdenes de que, en el caso de que se vieran superados, fueran hundidos para que no fueran apresados y para que sus restos impidieran la entrada de los navíos ingleses hasta Cartagena de Indias.

El 13 de marzo de 1741 apareció la mayor flota de guerra que jamás surcara los mares hasta el desembarco de Normandía. Tras comprobar que no podían acceder a la bahía, los ingleses comenzaron un bombardeo incesante contra los fuertes del puerto. El bombardeo fue masivo y los españoles tuvieron que abandonar en los días sucesivos los fuertes de San José y Santa Cruz. El ímpetu del ataque obligó al español a tomar una decisión dura: Lezo incendió sus buques para obstruir el canal navegable de Bocachica y logró retrasar el avance inglés de forma considerable. A su vez, en Bocagrande se siguió la misma táctica y se hundieron los dos únicos navíos que quedaban (el Dragón y el Conquistador) para dificultar la entrada del enemigo. El sacrificio resultó en vano, pues los ingleses remolcaron el casco de uno de ellos antes de que se hundiera para restablecer el paso y desembarcaron. Las posiciones habían sido perdidas y los españoles se defendían en el último baluarte, el castillo de San Felipe.

Vernon entró entonces triunfante en la bahía con su buque Almirante con las banderas desplegadas dando la batalla por ganada. No quiso esperar la inminente rendición de los españoles y dio orden para que una corbeta regresara a Inglaterra con un mensaje que anunciaba su gran victoria sobre los españoles. La noticia fue recibida con grandes festejos entre la población y, debido al júbilo, se mandó acuñar una moneda conmemorativa para recordar la gran victoria. En ella, se podía leer, “El orgullo español humillado por Vernon” y se apreciaba un grabado de Blas de Lezo arrodillado frente al inglés. El mayor ridículo de la historia de Gran Bretaña hasta el referéndum del Brexit.

Vernon quiso poner el broche final a la batalla tomando el símbolo de la resistencia española: el castillo de San Felipe, donde resistían los últimos 600 hombres.  No se atrevió con un ataque frontal y decidió asaltar a los españoles por su espalda. Para ello sus soldados tuvieron que atravesar la selva; muchos de sus hombres cayeron agotados y enfermos antes de llegar ante la fortaleza e iniciar el ataque final.

El primer asalto inglés se hizo contra una entrada de la fortaleza y se saldó con la muerte de aproximadamente 1.500 soldados a manos de los 600 españoles que consiguieron resistir y defender su posición a pesar de la inferioridad numérica. Tras este ataque inicial, Vernon se desesperó ante la posibilidad de perder una batalla que parecía hasta hace pocas horas ganada de antemano y ordenó la embestida definitiva, esta vez con todo su contingente utilizando escalas para poder atacar directamente las murallas del castillo.

Al almirante sir Edward Vernon se le desencajó la mirada cuando comprobó que las escalas de sus soldados no eran lo suficientemente largas para alcanzar la parte superior de las murallas. Blas de Lezo había ordenado cavar un foso cerca de los muros para aumentar su altura y evitar el asalto.

Los ingleses habían caído en la trampa urgida por el vasco. Aprovechando el desconcierto los españoles salieron de la fortaleza, contraatacaron y acabaron con cientos de ingleses. Vernon maldijo al comandante tuerto, cojo y manco y ordenó la retirada hacia los navíos. Preso de ira ordenó un bombardeo masivo sobre la ciudad durante casi un mes, que no sirvió para nada. Vernon decidió hundir parte de su flota (tras la escabechina provocada en el contraataque español no tenía suficiente tripulación para manejarlos y no quería que cayesen en manos españolas) y abandonó las aguas de Cartagena de Indias dejando atrás 18.000 balas de cañón lanzadas, seis navíos y 9.000 ingleses muertos (aproximadamente dos tercios de su tropa) gritando a los vientos: “God damn you, Lezo!” (¡Que Dios te maldiga, Lezo!).

Cuando arribó en Inglaterra no tuvo valor para contar la verdad. Cuando ésta salió a la luz, la vergüenza fue tan arrolladora para el país que se tomaron medidas para acallar la gran derrota. El rey Jorge II prohibió todo tipo de publicación sobre la batalla y este épico episodio no aparece en los libros de texto de los hijos de la gran Bretaña. A Vernon le levantaron un monumento en la Abadía de Westminster, panteón de los héroes británicos, donde todavía hoy, en un brillante ejercicio de neolengua, puede leerse que "en Cartagena conquistó la victoria hasta el punto en que la fuerza naval puede llegar". O sea, que no conquistó nada.

El 7 de septiembre de 1741, a las ocho de la mañana, en un jergón de un hospital de Cartagena de Indias, el marino más intrépido que vieron los siete mares y todos los siglos que había capturado más de 60 buques de todos los pabellones y había evitado la pérdida de un Imperio abandonó este mundo malherido tras la batalla.

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Los anales de esta guerra no se reducen a Cartagena de Indias y Portobelo, hubo muchos más combates y, en la mayoría de ellos, la poderosa maquinaria militar británica fue derrotada, por eso expongo los hechos más importantes que se desarrollaron en el Caribe.

El Conservador británico Michael Howard mencionada en Sky News la palabra “hispanohablante” para referirse con un cierto tono despectivo a Argentina. Gracias a un español que fue dejando en cada batalla un pedazo de su cuerpo a cambio de unas migajas de gloria se evitó que lo que hoy conocemos como Hispanoamérica fuera “Angloamérica”. Y por pequeños grandes detalles como éste individuos como Michael Howard pasaran toda su vida resentidos y no podrán disimular su ira cuando escuchan la palabra España.


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