Norberto Ruiz Lima

hace 4 semanas · 2 min. de lectura · visibility ~10 ·

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UN VIAJE A TROYA

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Solamente hace falta vivir unos cuantos años para estar de acuerdo con Agamenón cuando Esquilo pone en su boca, susurrando al aire, que Zeus ha abierto el camino del conocimiento a los mortales mediante esta Ley: por el dolor a la sabiduría.

Al igual que Antígona, que es inmortal por la mano de Eurípides, nadie ignora, después de haber vivido unos cuantos años y visitar lugares que pertenecen a la Tierra más que el nuestro, que de cuanto suceda ahora y de cuanto acontecerá en el futuro, lo mismo que para lo que sucedió anteriormente, que nada extraordinario ocurre en la vida de los mortales separado de la desdicha.

Pero en este primer mundo, que hemos construido a imagen y semejanza de nuestra vanidad, no pocas veces a costa del sufrimiento de otros, vamos por ahí provocando a todos los dioses en esa búsqueda de la Felicidad unipersonal y no poco egoísta: «tenemos que ser inmensamente, felices, para eso estamos aquí, para eso vivimos y nos parieron nuestras madres», desatendiendo lo que ya sabíamos.

Por eso, cuando olvido lo que somos, que a veces me pasa, vuelvo a Grecia; y recuerdo mi primer viaje a Troya que empezó en una habitación del Hotel California cuando yo tenía 25 años y terminó en una Tragedia en una azotea del 12 de Octubre, viendo lo poco que éramos y cómo los dioses la colocaron a ella a los pies de la puertas Esceas donde el indomable Aquiles le atravesó los dos pechos a lanzadas. Desde entonces, odio eterno a Aquiles.
Sí, fueron los griegos quienes me abrieron, como escribe Javier Reverte al que llevo siempre de viaje como a Kapuściński, los ojos al lado oscuro de la existencia, a la fuerza de lo irracional y de la lucha contra lo que no es comprensible, y por ello, al campo de la libertad del hombre.

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No os imagináis la escena, yo en la azotea del 12 de octubre, que eran las murallas de Troya; y ella aguantando abajo la cólera de Aquiles, hijo de los Peleidas, inmortal por las aguas de la laguna Estigia, hijo de una Nereida, tirano de los mirmidones, esas hormigas que se convirtieron en guerreros implacables para gloria de Homero. El desenlace estaba escrito en la piedra antes de que existiera el pergamino o el junco: Norberto, pero mucho me sonrojaría ante los troyanos y las troyanas de rozagantes peplos, si como una cobarde huyera del combate; y tampoco mi corazón me incita a ello, que siempre supe ser valiente y pelear en primera fila entre los troyanos, manteniendo la inmensa gloria de mi padre y de mí misma. Hay momentos en la vida en que nos toca ser Héctor y otros en que nos toca ser Andrómaca. Aquella tarde en la azotea del 12 de octubre yo era Andrómaca y ella fue Héctor. Y me sigue contando con voz débil: «Que sepas que ni la futura desgracia de los troyanos, de la misma Hécuba, del rey Príamo y de muchos de mis valientes hermanos que caerán en el polvo a manos de los enemigos, no me importa tanto como la tristeza que padecerás tú con mi marcha».

Aquella noche para seguir mi duelo me fui a la habitación 314 del Hotel California de Gran Vía donde dio comienzo unos meses antes nuestro viaje a Troya. Y así fue cómo empecé a escribir un libro hace más de treinta años que todavía no he podido terminar.

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