Norberto Ruiz Lima

hace 1 mes · 3 min. de lectura · visibility ~10 ·

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EL NIÑO PERDIDO Y TODOS, THOMAS WOLFE EN NUESTRO LABERINTO

Regresad, si queréis; pero no digáis que no os he avisado. Eso sí, antes de continuar, mirad atrás por si el Tiempo sigue ahí.

Todos, alguna vez, hemos soñado, con volver a la casa de nuestra infancia; a aquella primera casa donde sólo te miraban como seguramente te ve Dios, aquella casa donde tocamos el origen del mundo en el suave pelo de un perro dormido, donde olimos a dulces por primera vez, donde fuimos conscientes del abrigo de una manta, del calor de un beso; donde supimos lo indefenso que es un pequeño pájaro con boqueras y apenas sin plumas, como nosotros.

Todos soñamos con volver a ese sitio donde los veranos y los inviernos tenían una lectura propia, adueñándose de nosotros el calor o el frío con cada roce. Y aunque ya se fueron casi todos, yo sigo queriendo regresar a esa casa. Por eso, de vez en cuando agarro una de las mejores novelas que se han escrito sobre esa vuelta y sobre las pérdidas, y regreso a aquella casa de la calle del Teatro donde en la azotea había una pajarera inmensa, dos perros apenas sin nombre y un gato con ojos de media luna; y mil vidas de marinos; y mujeres bravas.

 

Y seguí caminando hasta que encontré el sitio. Y de nuevo, de nuevo, volví a entrar en aquella calle y hallé el lugar donde las dos esquinas se encontraban, la manzana compacta, la torrecilla y los escalones. Me detuve un instante, mirando hacia atrás, como si la calle fuera el Tiempo. Por un momento esperé que surgiera una palabra, que una puerta se abriera, que se acercara un niño. Esperé, pero no hubo palabras y nadie apareció.

Y como si nada hubiera cambiado, quise tocar la campana dorada de a bordo que ya no existía, y me detuve en un zaguán que ya no olía igual y en la puerta cancel ya no ponía, a hierro, el año 1917; y no se veían pájaros aletear, llamados por sus hermanos de la pajarera de la azotea; ni divisé aquel águila que echaban mis mayores a volar cada mañana y revolucionaba el aire antes de que se le quitara la caperuza. Nos nombra el tiempo y nos relatan las circunstancias. En la calle del Teatro no queda el tiempo y se han borrado las circunstancias. Y eso que todo parecía tan fuerte, tan sólido, tan duradero; y de ahí a apenas nada en unos suspiros.

Pero ahora, ese hombre que soy, se siente como se siente uno cuando regresa y sabe que no debería haber viajado hasta allí, cuando se da cuenta de que, después de todo, la calle es sólo una calle como cualquier otra, y que esta ciudad —ese nombre encantado— es sólo una ciudad grande y calurosa junto al río, una ciudad tan al sur que se ahoga en medio de un calor húmedo y tedioso, y que no hay nada que pueda hacerla mejor. Antes no era así. Cuando yo era niño, no era así; nada importaba.

 

Yo me sentaba y escuchaba. Podía oír a la chica de la casa vecina en medio de sus lecciones de piano, podía oír el tranvía que pasaba entre las cercas de los patios, a media manzana de distancia, y podía oler el aroma seco y vulgar de las cercas, el olor agrio del pasto caliente junto a las vías, el olor de la brea, de las traviesas, el olor de las brillantes y gastadas bridas del tranvía. Podía sentir la soledad de los patios en la tarde y la sensación de ausencia cuando el tranvía había pasado.

Por Dios, leed a Thomas Wolfe y veréis cómo duelen las ausencias, cómo es volver a aquella casa donde fuimos niños, cómo es el rostro del regreso y las manos de la memoria cuando las paredes que creíste murallas indomables se han convertido en polvo, o que aquella amistad que iba a durar siempre porque nació de una guerra en la barranca se evaporó en un accidente de coche hace más de cuarenta años.

Volved si queréis, pero no digáis que no os he avisado. Aunque, antes de continuar, mirad atrás y  aseguraos de que el Tiempo sigue ahí.

 


 


 


 


 

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