Jesús A. Meza Morales

hace 2 meses · 2 min. de lectura · visibility 0 ·

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Otro matiz del concepto "Competencia Panhispánica"

Otro matiz del concepto "Competencia Panhispánica"

El corporativismo de las academias de la lengua española parece estar evidenciando una nueva dinámica al final de este primer cuarto del siglo XXI. Este mes, se cumplen cinco años (marzo 2016) de la aceptación de la Academia Ecuatoguineana de Malabo en la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE); aunque, sobre todo, se acelera, con la reciente creación (2020) de la Academia Nacional del Ladino (Sefardí o Judeoespañol), correspondiente de la RAE, en Israel. 

Conviene recalcar, muy a pesar de la costumbre española, que desde el momento en que la ASALE emerge es ella y no la RAE la que cuenta con la potencialidad, como organización internacional que es, de impulsar los tratados multilaterales que sostienen el acuerdo de todos los países hispanohablantes para impulsar un modelo de lengua "común y unida en la diversidad", como precisamente evolucionó el lema de la Real institución primogénita y tricentenaria. A pesar de que no ha existido una campaña de concientización para que las personas evolucionaran en pro de utilizar la correcta nomenclatura (por ejemplo del actual Diccionario de la Lengua Española "DLE" o "DiLE", pero jamás "nuevo DRAE", porque ya no es más de la RAE sino de la ASALE -y no debería ni incluir su logo en las publicaciones colectivas-), la corporación continúa, afortunadamente, creciendo, pero sin dejar en claro que es la ASALE y no la RAE la autoridad máxima y legítima de nuestra lengua. 

Sin menoscabar el derecho auténtico que cada academia tiene para promover sus subdialectos, dialectos o variedades es necesario que la noción de "prestigio" ya histórica, no pretenda reencaucharse bajo eufemismos de "referencia" pues esa lengua que se promociona como la segunda lengua con más hablantes nativos a nivel global es precisamente una idea de una lengua que es panhispánica, común a más de una veintena de países, diversa y por ende ese significado de referencia no es únicamente un guiño histórico sino, tal vez, un terco empeño en posicionar esa actitud que quizá sea la misma que explica los porqués se sigue aludiendo a la RAE como autoridad global (lo es solo en su espacio, como lo es cada una en su país) y no a la organización internacional ASALE. 

En 1871 se fundó la primera academia no real, no española, en Colombia. El año anterior habían cambiado los Estatutos precisamente porque la descomposición del imperio y a fundación de las repúblicas era un hecho panamericano. Ahora, este ya entrado siglo XXI podría darse un paso más, y tal y como se ha logrado consolidar nuevas y justas decisiones corporativas, podría también atenderse la realidad de otros espacios que también podrían ser formas de continuar avanzando en el estudio y la comprensión del uso de nuestra lengua como por ejemplo: la creación de academias de la lengua española en el territorio Saharaui, Marruecos, Mauritania, Francia, Inglaterra, Alemania, Haití, Jamaica, Guam, Indonesia, China, Canadá, etc. 

La dinámica corporativista de las academias de nuestra lengua evidencia que no es solo un asunto de población lo que justifica la creación de grupos de profesionales especializados en la lengua panhispánica sino necesidades culturales, económicas, políticas y también migratorias, claro está. Lo cierto es que no son pocas las universidades no hispanohablantes que llevan siglos, décadas o años formando especialistas en lengua y la cultura hispanohablante que arroparían la idea de contar con una academia de este tipo, además de que representaría un desarrollo económico para la marca académica, excusando la metáfora. Ya yo he comentado con algunos miembros de las academias hasta qué punto podríamos crear una Academia Australiana de la Lengua Española, o una búlgara, letona, iraní o bahameña. 

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