Gabriel Nieto

hace 2 años · 6 min. de lectura · visibility ~10 ·

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Sobre el Dolor Emocional.

Cuando alcanzamos la edad adulta y dejamos de engañarnos a nosotros mismos con falsas expectativas sobre el futuro solemos caer en la cuenta de que la vida implica asumir un grado más o menos elevado de dolor y que es imposible estar en la vida sin sufrir. Pero aunque racionalmente reconocemos esta verdad, nuestra naturaleza inteligente, mezcla de lógica y emoción, con no poca frecuencia, tiende a suprimir el dolor o a negarlo mediante mecanismos de todo tipo, quizás porque desde pequeños nos han enseñado a posicionarnos por encima del dolor o porque con el tiempo hemos aprendido que sentir dolor nos hace vulnerables.

Este hábito tan saludable que impide sentir sufrimiento bajo la intención de conseguir un objetivo o permanecer en un bienestar que de otra manera sería malogrado, actúa sin embargo, en otras ocasiones, como una costumbre no adaptativa. Entre las situaciones en las que el dolor es provechoso destacan especialmente aquellas en las que el sufrimiento nos hace darnos cuenta de la existencia de realidades necesarias de conocer que de otro modo pasarían desapercibidas. Así, no sentir dolor equivale en algunas ocasiones a no escuchar lo que sucede en el exterior, en nuestro interior o en el interior de los demás, y por desgracia no es infrecuente que evitar el dolor sea equivalente a negar la realidad.

Puede defenderse, sin mucho riesgo de caer en el error, que la supresión del sufrimiento emocional corresponde a una virtud al permitir continuar en el estado actual o alcanzar lo propuesto padeciendo la menor alteración posible y que esta sea la principal ventaja de evitar el dolor emocional, reducirlo o incluso negarlo, pero que al mismo tiempo se trata de un hábito que en otras situaciones, quizás menores en número pero grandes en importancia, rechazar el dolor puede actuar como un filtro que enmascare verdades que se deberían conocer. En este último sentido la negación del dolor se transforma en ignorancia, y puesto que la ignorancia nunca perfecciona al ser humano, la negación del sufrimiento emocional también puede ser caracterizada como una costumbre no adaptativa.


Sobre el Dolor Emocional.

No siempre es bueno por consiguiente negar el dolor emocional e incluso puede decirse que en algunas pocas cuestiones ineludibles enfrentarse a ello es el único camino posible para la evolución. De esta manera, cuando el dolor emocional hace acto de presencia en nosotros como un estado que ya no podemos aplazar con los viejos mecanismos de negación que nos enseñaron en la infancia o que aprendimos más adelante por nuestra cuenta para ser exitosos en la vida, reconocer que hemos encontrado un bloqueo en nuestra evolución que no se desatará mientras no penetremos en la raíz del dolor se convierte en una tarea prioritaria.

Una de las primeras leyes que llegados a este punto se deben comprender si deseamos progresar emocionalmente es que negar el dolor es negar la verdad. Esta ley se fundamenta en el hecho de que la huida del sufrimiento o su enmascaramiento a través de los juicios de razón, inventados por nuestra mente lógica para tapar la verdad que provoca el dolor y por tanto falsos en su mayor parte, implica un posicionamiento vital fuera de la realidad de los demás y de nosotros mismos.

Es más que posible que si negamos el dolor en aquella situación que nos hace detenernos durante la consecución de nuestros objetivos vitales, estemos destruyendo la capacidad de escucha, y que en consecuencia no podamos ver a la persona de los demás ni nuestra actitud como es en sí misma. El dolor, en este momento del recorrido suele indicar que nos hemos olvidado de algo que es significativo para nuestro ser emocional porque racionalmente no estamos dispuestos a aceptar a la otra u otras personas, o bien nuestro sentimiento de empatía hacia ellas. Como es evidente, dejar de sentir dolor nos hace ignorantes no sólo del estado de los sentimientos propios y de los demás, sino también del efecto real que han tenido nuestras acciones sobre nosotros mismos y sobre la vida ajena.    

El dolor es desde esta perspectiva uno de los caminos privilegiados para progresar en la bondad hasta el punto de que no se puede esperar de alguien una mejora en su conducta mientras no haya agrandado su capacidad de sentir y permanecer en el dolor. Permanecer en el dolor emocional implica conocer la verdad del otro y de uno mismo. La imagen que refleja el espejo del dolor es sin embargo una de las más difíciles de resistir ya que a menudo enseña sin engaños aspectos de nosotros mismos o de las personas significativas que no estamos dispuestos a aceptar, como la capacidad de hacer daño a los demás o ser herido por ellos y contribuir a la presencia del mal en el mundo.

En los bloqueos emocionales, que siempre se producen cuando una parte de nosotros situada más al fondo que la mente lógica está pidiendo un cambio, una revisión de fundamentos, huir del dolor significa huir de la verdad, de nosotros mismos y de los demás. Cualquier persona que haya experimentado este dilema comprobará que la antigua herramienta de supresión del sufrimiento ha dejado de ser adaptativa, útil, y que ya no puede retomar su vida desde los mismos presupuestos que le han colocado en el momento presente. Ha comenzado la lucha, la batalla contra uno mismo, es decir, el combate entre la razón y la emoción, entre la lógica con la que aprendimos a tener éxito en este mundo y nuestro fondo humano, sensible y herido a menudo, por nuestros propios actos.


Llegar a experimentar, aunque sea sólo por unos instantes, la realidad del combate interior que generan las distintas partes que forman nuestro ser espiritual, la lógica, la emoción, la memoria de lo que ha pasado, el deseo del futuro, los ideales morales, el cuerpo, etc., sin atribuirlo a causas que no obliguen a establecer un compromiso con nosotros mismos por el cambio, es en realidad, el comienzo de la salvación, un camino que según las religiones tradicionales se empieza por el dolor y en caso de ser proseguido, se termina por el gozo.

El cristianismo es una corriente de pensamiento que ha dado enseñanzas aprovechables sobre el dolor cuyo recuerdo es tanto más necesario cuanto las filosofías  nacidas de la cultura liberal y del consumo sitúan sus mensajes sobre el dolor en un polo diametralmente opuesto. Estas nuevas filosofías postilustradas tienen por objetivo la realización personal, entendiendo a la persona como un sujeto de voluntad que depende únicamente de sus propias decisiones, motivo que les opone al cristianismo y a otras religiones cuyo fin no es la realización individual, sino el conocimiento y la realización de la verdad y del ser humano entendido en su conjunto.

El cristianismo considera el dolor hijo de la injusticia, pero una de las dos enseñanzas elementales que nos propone para superarlo, que es básicamente la aceptación del dolor, resulta paradójica porque suele confundirse con la aceptación o aprobación de la injusticia. Pensar del cristianismo o de otras religiones en estos términos puede llevarnos a creer que la religión es un masoquismo o una filosofía de la debilidad destinada a mantener la injusticia del mundo, tal y como indicaron, cada uno a su modo, Carlos Marx y Federico Nietzche. Para las filosofías materialistas de cuño marxista, la religión es un anestésico que ciega la mirada sobre la injusticia presente en el mundo al aceptar el dolor que debería transformarse en el motor social del cambio, mientras que Nietzsche, sin llegar a hablar de revolución, creía que sólo los débiles y aquellas personas a las que no les quedaba más remedio, es decir, aquellas a las que la vida no les había colocado en una situación ventajosa, una situación de poder de la cual según Nietzsche, estas personas antes vulnerables ya nunca desearían salir una vez alcanzada, tenían su esperanza puesta en la religión.

La experiencia, contrariamente a lo que sostuvieron Marx y Nietzsche, demuestra que la huida o evitación del dolor suele ser precisamente una de las grandes causas de la injusticia en el mundo, pues muchos males se cometen para evitar el sufrimiento o por la búsqueda de la conservación del bienestar adquirido, pero más bien pocos males verdaderos, más allá de la propia dificultad que conlleva enfrentarse al dolor emocional, ocurren por detenerse y aceptar el sufrimiento. No obstante, si no existiese en nosotros una disposición elemental a rechazar el dolor, que conecte, entre otras cosas, con la fuerza del instinto de autoconservación, aquello que dice la religión cristiana acerca del dolor sería más fácil de creer o de practicar.

Con esta reflexión llegamos al punto final de lo dicho hoy acerca del dolor, que nos sirve de conclusión y de gancho para anunciar la segunda gran enseñanza del cristianismo acerca del dolor, que es la necesidad de la ayuda de Dios y de la comunidad de creyentes para perseverar en el camino de la liberación una vez comenzado y atravesar el fuego del dolor emocional. Por muy poco relevante que parezca al describirlo, aquello que causa el dolor en nosotros se presenta como una barrera infranqueable, que no se derrite con la argumentación ni con el ejemplo, sino que tan sólo cede con el tiempo gracias a la transformación de los resortes emocionales últimos que operan en nosotros. Apoyada en los evangelios, cuenta la tradición cristiana que todos los apóstoles excepto san Juan huyeron cuando Jesús fue crucificado, y que únicamente este discípulo y María, la madre de Jesús, permanecieron al pie de la Cruz, atravesados por el dolor de ver a Jesús en ella. Los místicos han considerado la permanencia ante el misterio de la Cruz, que no es otra que la contemplación de la presencia de Dios en el dolor, un privilegio, una gracia que de hecho abre las puertas del gozo para quienes han podido perseverar en ella y las de la salvación para aquellas personas que fueron puestas por Dios en sus oraciones.    


         


 


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