Carlos Del Riego Gordón

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LA DELIRANTE PELEA DEL ASTORGANO FRANCISCO REINOSO CON CINCO INDIAS EN FLORIDA EN 1540

LA DELIRANTE PELEA DEL ASTORGANO FRANCISCO REINOSO CON CINCO INDIAS EN FLORIDA EN 1540El leonés Francisco Reinoso fue uno de los primeros europeos que vieron el Mississippi, pues iba con la hueste de Hernando de Soto, que se topó con este río en 1541

Seguramente todos los europeos que viajaron a América a lo largo del siglo XVI podrían contar infinitas e increíbles aventuras, lances y episodios extraordinarios que, con total seguridad, pintarían de asombro las caras de aquellos que luego las escucharan. Gran parte serían decisivas batallas o encuentros con los nativos, aunque también hubo situaciones de carácter tragicómico, como la que protagonizaron cinco indias de La Florida y el leonés Francisco Reinoso

De todas partes de España partieron hacia la recién descubierta América en busca de fama y fortuna. En 1539 Hernando de Soto encabezó una gran expedición que comenzó en La Florida y, tras penoso viaje, recorrió todos los estados del sur de Estados Unidos (donde topó con semínolas, apaches, cherokees, creeks…); de Soto murió en el Mississippi en 1542, y los restos de su expedición llegó al año siguiente al Virreinato de Nueva España (México). En Florida se encontraron con indios muy hostiles, muy agresivos, que siempre estaba en guerra pueblo contra pueblo con el objetivo de eliminarse mutuamente; al poco tiempo de desembarcar comprendieron que no debían fiarse de los naturales, ni siquiera de los que se mostraban amistosos; engañaban y aconsejaban caminos que conducían a zonas pantanosas e intransitables, dirigían a los recién llegados hacia tribus rivales donde los recibirían violentamente, o directamente les preparaban trampas para exterminarlos (los aztecas tenían a las tribus del norte por salvajes primitivos). .

Con buenas palabras, el cacique Tascalusa invitó a los españoles a su pueblo, Mauvila. Una vez allí, de Soto y su tropa fueron atacados desde todas partes. La batalla duró casi diez horas, fue extremadamente sangrienta y la victoria fue para los españoles, pero a tal precio que puede calificarse de pírrica, con muchísimas bajas, pérdida de impedimenta y casi todos heridos.

Después de la batalla los españoles buscaron comida y descanso por los alrededores; iban hambrientos, heridos, cojos y mancos, sangrando, descalzos, con la ropa hecha jirones, las armaduras abolladas o rotas y, en fin, un estado lamentable. Algunos llegaron a un pueblo cercano llamado Colima. Uno era el astorgano Francisco Reinoso (otras fuentes lo hacen natural de “Boadilla, Reyno de León”), que vio una construcción grande y, él solo, entró buscando comida; la parte superior le pareció que podía ser como un granero, así que subió con la esperanza de hallar algo con lo que calmar el hambre. Al llegar vio cinco mujeres indias, amedrentadas y arrebujadas en un rincón. El caballero leonés envainó su espada, les hizo ver con señas que no tenían nada que temer, que no les haría daño y que sólo buscaba algo que llevarse a la boca. Las mujeres, al comprobar que venía solo y que, al menos por sus gestos, no parecía peligroso, arremetieron contra él todas a la vez. Según las crónicas, antes de que Reinoso pudiera darse cuenta de lo que pasaba, una le agarró por las piernas, otras dos por los brazos, otra le sujetó la cabeza y, la quinta, “viéndolo todo tomado, se agarró a un término medio”…

Tras el primer momento de sorpresa, el intrépido astorgano empezó a repartir con ambas manos, pero sin gritar para pedir ayuda a sus compañeros, puesto que le parecía “muy afrentoso” como hombre solicitar socorro para defenderse de mujeres, aunque fueran cinco. El caso es que, cuando apenas lograba quitarse de encima a las guerreras, el suelo cedió, una pierna lo atravesó y le quedó colgando, de manera que el pobre aventurero se quedó como sentado e inmovilizado. Las enrabietadas amerindias volvieron a la carga aprovechando la situación, y con patadas, palos, arañazos y mordiscos “lo tenían a mal partido para matarlo”; a pesar de situación tan apurada, el bueno de Reinoso seguía sin llamar a los suyos.

Por suerte para él entró en la casa uno de sus compañeros, que vio la desnuda pierna colgando. Sacó su espada y se dispuso a cortarla, pues pensó que sería una trampa. Del piso de arriba escuchó las voces y el jaleo de la lucha, así que llamó a otros dos y subieron rápidamente. Allí encontraron a Reinoso “y viendo cómo lo tenían las indias”, las cinco encima del desdichado, trataron de separarlas, pero ellas no dejaban de morder, arañar y golpear ni aunque vieran los aceros desenvainados de los españoles. No les quedó más remedio que empezar a dar tajos a unas y otras, que ni aun así soltaban el bocado de carne astorgana. Y a pesar de que matar mujeres estaba muy mal visto (la mentalidad seguía siendo medieval), hasta que no acabaron con las cinco no pudieron rescatar, medio muerto, al caballero don Francisco.

Aun con medio cuerpo mordido y arañado, don Francisco fue de los pocos que sobrevivió a aquella catastrófica expedición por el sur de lo que hoy es EE UU. Al parecer, se instaló en México, donde se casó y tuvo hijos. Lo último que se sabe de él es que, hacía 1585, aun vivía, en Astorga o Boadilla.

Aquellos arrojados exploradores que se enfrentaron a lo desconocido pasaron por todo, pero seguro que ninguno se las vio frente a cinco aguerridas, voraces y valientes indias, como hizo el leonés Francisco Reinoso. De él habla el Inca Garcilaso de la Vega en su ‘La Florida del Inca’.

Cualquier contaría algo así como la gran aventura de su vida.

CARLOS DEL RIEGO


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