José Manuel López García

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El valor del tiempo

El valor del tiempo

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El tiempo es la esencia de la vida. Todos los filósofos se han ocupado de explicar lo que es la temporalidad. Desde Aristóteles que decía que es la medida del movimiento hasta Heidegger que titula su obra más importante Ser y tiempo. Incluso San Agustín escribió que si no se lo preguntaban sabía entender lo que realmente era, pero no era capaz de explicarlo.  Aunque reconocía que si nada pasara, no habría tiempo. 

Pensadores de la categoría de Bergson, Husserl, y otros han analizado la naturaleza o las características de la temporalidad. Además del tiempo objetivo y el subjetivo, distinguen otros tipos de temporalidad, desde el análisis de la conciencia y fundamentalmente desde la fenomenología. 

Para Heidegger es evidente que pasado, presente y futuro están integrados, ya que la existencia es proyección al futuro. Desde su existencialismo el filósofo alemán escribe   que la temporalidad es “el originario fuera de sí en sí  mismo y por sí mismo”. Distingue Heidegger entre tiempo auténtico e inauténtico. Desde su perspectiva filosófica la atención a la vida mundana es algo que supone un nivel de atención excesiva a la existencia anónima o cotidiana.  Desde la interpretación heideggeriana, la vida auténtica supone ser conscientes de que la muerte es la única posibilidad que se va a cumplir de una forma cierta e inexorable. De esta forma, lo fundamental es decidir lo que conviene al ser del hombre. 

La empírica presencialidad de las cosas es lo que constituye para Heidegger el presente inauténtico. El tiempo para este pensador es el sentido del ser. Indudablemente, la trivialidad de lo cotidiano no tiene historia y es una expresión de lo inauténtico. Existe un ser en sí de las cosas que, desde el existencialismo heideggeriano, supone que deben ser utilizadas por los seres humanos.

No hay sujeto sin mundo, por tanto, Heidegger rechaza cualquier clase de idealismo o solipsismo egológico, ya que todos vivimos en relación con los demás. Somos seres en el mundo, arrojados a la existencia al nacer. El coexistir es lo que da también más sentido a la existencia, partiendo de la realización del propio ser. La trascendencia es comprendida por Heidegger como superación de lo que el sujeto ya es, incluyendo también la estructura relacional propia de la existencia humana. 

Realmente en el acto de proyectar su mundo, cada persona pone en acción su libertad y comprende las limitaciones de la realidad, especialmente si se piensa en la finitud. La analítica existencial del hombre o de la mujer se fundamenta en la condición existencial u óntica del ser humano. Es preciso comprender la existencia como posibilidades que pueden ser realizadas o no. Heidegger está convencido de que una nueva época está llegando a la existencia y será a través del lenguaje, que es la expresión de la filosofía. Escribe: “en la esencia y en el dominio del lenguaje se decide siempre el destino”. 

Desde los planteamientos de Jaspers, que es otro gran filósofo existencialista alemán, se expresan las posibilidades y las situaciones de la vida, que son también la manifestación de lo que realmente somos y queremos por nuestra forma de ser. Algo en lo que concuerda con Heidegger, de forma general.

Desde la situación existente en el siglo XXI estoy convencido que es posible y deseable un nuevo existencialismo, que tome en consideración las nuevas realidades que ya estamos viviendo, si pensamos en lo que representa ya el mundo virtual o digital,  en la cotidianidad de la realidad vital de cada persona. Las posibilidades humanas han aumentado exponencialmente, pero simultáneamente se nota una dispersión y un individualismo cada vez mayor, que rompe la humanización que debe presidir la convivencia social, en todos los ámbitos sociales. La dispersión que esto produce afecta negativamente a muchas personas. La soledad y el aislamiento son problemas que cada vez sienten más millones de personas en todo el planeta. Es el resultado de un relativismo y escepticismo que van en aumento y esto reduce la cohesión social necesaria en cualquier democracia basada en principios humanistas. En una sociedad materialista, que es la característica de los siglos XX y XXI, se producen muchas más injusticias y actitudes agresivas y violentas. Muchas pasan desapercibidas, pero otras no. En cualquier caso, estamos asistiendo a la descomposición acelerada de un mundo que era el de hace unas décadas. Se está formando un nuevo mundo que está basado en lo material y en el entendimiento de la vida, como algo que tiene que ser diversión continua, sin más finalidades o propósitos.

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