El ruido invisible

RUIDO. PREOCUPACIONES. MIEDO.
A la incesante subida de los precios.
A no poder pagar el alquiler.
A perder nuestro trabajo.
A perder nuestra falsa sensación de seguridad.
Nos acostumbramos a vivir con ese ruido que nos hace más irascibles, que nos aísla y nos aleja de los demás. Que nos hace olvidar las viejas ilusiones que teníamos cuando éramos niños. Que nos impide disfrutar de un buen libro, una buena película, una buena compañía.
No solo es ruido un sonido estridente o ensordecedor. También puede ser un pensamiento o una emoción que nos bloquea y nos impide rendir adecuadamente o aprovechar todo nuestro potencial.
El ritmo frenético de nuestro día a día nos impide parar para reflexionar. Para entender que estamos corriendo en una rueda de hámster cada vez más rápido pero que, paradójicamente, no avanzamos lo más mínimo. Que nos sentimos infelices a pesar de empeñarnos en mostrar a los demás que no lo somos.
Vivimos anestesiados. Como afirma Facundo Cabral, “no estamos deprimidos, estamos distraídos”. distraídos por constantes interrupciones en forma de notificaciones y estímulos visuales que hacen desviar nuestra atención hacia cosas irrelevantes, en tener en vez de en ser, en ganar en vez de crecer.
¿Qué pasaría si nos detenemos? ¿Acaso no hemos aprendido nada de la última pandemia? Quizás la auténtica epidemia es que estamos perdiendo la capacidad de pensar. Que por no querer cambiar ni salir de nuestra zona de “confort”, nos resignamos a vivir una vida que conduce a la miseria espiritual.

Apaguemos el ruido de nuestra cabeza para despertar viejas ilusiones, para conocernos mejor a nosotros mismos, para dedicar nuestro tiempo a ayudar a los que también han olvidado el sonido de la felicidad.
Para encontrar un propósito que nos devuelva la ilusión por vivir y reinventarnos. Dejemos a un lado el miedo, el placer y la comodidad del corto plazo para hacer hueco a la ilusión, a la felicidad y a la plenitud de una vida con sentido.
Hoy, más que nunca, nos necesitamos unos a otros. Y para ello es necesario alejarse del ruido para sentir, para escuchar, para ayudar a los más necesitados.
Que el único sonido que escuchemos a partir de mañana sea el de la risa de un niño, el del tic-tac del reloj de alguien que nos regaló su tiempo o el del latido de nuestro corazón que nos invita a despertar y ayudar otros corazones.
Es tiempo de recuperar la ilusión por empezar algo nuevo, de comprometernos a afrontar nuevos retos, de salir de la cueva de Platón para descubrir nuevos horizontes.
Menos ruido. Más melodía.
Menos muros. Más puentes.
Menos yo. Más nosotros.
Artículos de Miguel López de la Oliva
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