Paulina Rodríguez

hace 1 mes · 2 min. de lectura · visibility ~10 ·

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El abismo

Hay una frase que lleva resonando en mi cabeza durante meses, me atrevería a decir casi un año, desde que comencé mi cuarto y último curso de universidad; desde que el TFG parecía empezar a tomar forma, tanta que, a los pocos meses, la adquirió por completo, lo entregué y me lo calificaron. Así fue todo, y en un abrir y cerrar de ojos me encontraba en el verano, cursando mi última asignatura: las prácticas (quise dejar lo mejor para el final).

¿Y ahora qué? Escribía una y otra vez en mi libreta. No obstante, nunca alcanzaba una respuesta, una que no me hiciera dudar de ella en absoluto, que pusiera el resto de posibilidades al margen del camino. Soñaba con que llegara esta decisión, que se presentara frente a mí y me resolviera la agonizante duda. Sin embargo, hoy, un año más tarde de haberme hecho esta pregunta por primera vez, mirando a la realidad de frente, he de decir que dicha decisión nunca llegó. Al menos no lo ha hecho aún, y no voy a negar que este hecho me entrecorta la respiración.

El gran abismo entre la vida del estudiante y la del trabajador.

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¢Y AHORA QUE? ©

 

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Desde chiquitos vamos a la escuela, cumplimos un horario, debemos atenernos a ciertas normas, hemos de compartir y socializar, prestar atención, o fingir que prestamos atención a esa persona que de su boca deja salir demasiada información que ni siquiera logramos procesar, realizar las tareas mandadas y prepararnos para el examen que, de antemano, nos avisa que estará ahí, ¡como si la vida nos diera tiempo a prepararnos!

Odiamos la escuela, queremos terminar y ser independientes, ¿quién no le dijo a sus padres que con dieciocho años se iría de casa? Parecía fácil, y ellos nos miraban con sus ojos y sonrisas de experiencia mientras asentían irónicamente. Pero entonces, un día, llega el momento de la verdad; el mismo momento en que tu cabeza no para de preguntarte: ¿y ahora qué? Y es que durante toda la vida nos han dicho lo que debíamos hacer, ¡incluso de qué manera hacerlo! Y ahora que nadie nos quiere en una silla sentados fingiendo prestar atención, ahora que nos quieren activos, habilidosos y útiles, ¡estamos dormidos! Fueron tantos años de sometimiento que no sabemos  cómo volar cuando nos abren, al fin, las puertas de la jaula. Tenemos miedo, somos el nuevo pajarito que tiene que aprender a volar y  a buscarse la comida por sí solo en un mundo que parece demasiado agresivo, y así lo es.

¿Y ahora qué? Ahora toca aprender de verdad: viviendo.

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